
No soy partidaria a las reincidencias; suelo lanzarme a los márgenes de tirarse con tacos puestos o extirpar a una persona de mi vida sin más palabras. Tampoco digo que sea la decisión correcta, porque dentro de mi proceso de recolección de inferencias aplico la irracionalidad con mucha satisfacción. Sí, es complicado, deal with it.
Luego de conversaciones con las amigas-diosas, un sireno del Caribe y tropiezos con el narciso que se niega a desaparecer, me intriga el por qué de las reincidencias o resistencia a ellas.
Uno de mis argumentos, o al menos lo que me digo para engañarme y no reincidir, es la reconciliación de un sentimiento, calentura, pensamiento del pasado no suele corresponder a lo que ocurra en tiempo presente. Entiéndase si fuera a reincidir, ya yo tengo (al igual que la otra persona) una película hecha. Escribí el diálogo de las partes, el clímax y la conclusión. Con toda probabilidad, mi screenplay es incompatible con el del otro actor o extra. Por lo que mis expectativas puede que no sean similares a lo que ocurra en la práctica. Además, algunas reincidencias son planificadas, acordadas como una cita médica, lo que le quita espontaneidad y sabor.
Por todo lado, la narcisa que habita en la cabeza no tolera que le hieran su orgullo. Bastará un insulto grave, desacuerdo fundamental, incompatibilidad de locura o traición para sacar a un mortal del recinto. Entonces, ¿dónde quedan mis palabras de destierro carnal si recibo de vuelta al culpable?
Pero llegan esos momentos cuando la nostalgia se cuela como una sabandija por debajo de la puerta en un día lluvioso, o cuando el recuerdo de un instante te golpea con el olor de un apartamento recién pintado, que piensas convencerte de lo contrario. ¿Qué hacer? Mirar el reloj para ponerle tiempo al ejercicio de los lagrimales. Cernir las vivencias pasadas para ubicarlas al lugar que pertenecen. Y saber que eres otra, la de cuerpo caliente, la entretejida de tiempos, la irreverente.